Un acercamiento a S. Colonia
Rodrigo Quijano
Para conocer debo acercarme más. Se ha partido el cielo y ha cesado la lluvia que enrejaba el paisaje. Deja al perro lamerse las llagas y el pene encendido. El neón es una lengua que sonroja santas y querubines en las mudas sombras de un atardecer postal, pensando que el tallo remonta sobre sí y hace estallar palmeras y frutos que engordan como garrapatas al borde de un encerado cocktail de trópico y desorden. Para saber debo acercarme más, y aquí me tienes. La coloreada imagen de la niña-virgen es la denuncia de un crimen consumado a medias, la isla que eleva el único cirio que gotea luces, como esas cruces al borde de las carreteras, así, mitad dispuestas por la arena, mitad por los parientes que se abandonan al silencio ante el silencio de miradas que ofenden por su rapidez. Así dispuestas esas cruces pueden ser casi el cierre-relámpago de un país que muestra sus intimidades, lo percudido y lo perdido. Y la imagen de la niña gime: unas rodillas flacas y la madre suelta la sábana iluminando el cuarto con un aroma de trenzas que se abrazan en la madrugada, como en un llanto de despedida. Para saber vuelvo a acercarme. El equilibrio del grillo tensa la tarde, y la gente que regresa cansada de las playas pule rostros en la superficie de sus ollas y el crepúsculo me bombardea de neones tropicales que se encienden a mi paso y en los plásticos, ojos del gorrión mi intuición emprende un vuelo sin retorno.
jueves, 31 de diciembre de 2009
Discurso de la niña ausente
Ricardo Peña Barrenechea
Damita mía que vienes
a despertar mi silencio.
Damita de un cielo blanco
rubia como un largo beso.
Naciste un día de júbilo
cuando el sol era una lámpara
que alumbrara mi camino
todo velado de lágrimas.
Durante siete veranos
te di mi alma enamorada;
y siete nieves te he amado
dándome tú tu alma blanca.
Siete primaveras de oro
deshojé sobre tus manos;
y siete lunas de otoño
me dieron tus ojos cándidos.
Siete serafines rojos
custodian tu seno pálido;
siete golondrinas rápidas
tus cabellos amasaron.
Damita de larga cola
toda vestida de ensueño,
entre tus tórtolas manos
se abre la flor del silencio.
Lejos de ti tu presencia
me invita a seguir amando
mi soledad —campo abierto
que me ha sido siempre amargo.
Ricardo Peña Barrenechea
Damita mía que vienes
a despertar mi silencio.
Damita de un cielo blanco
rubia como un largo beso.
Naciste un día de júbilo
cuando el sol era una lámpara
que alumbrara mi camino
todo velado de lágrimas.
Durante siete veranos
te di mi alma enamorada;
y siete nieves te he amado
dándome tú tu alma blanca.
Siete primaveras de oro
deshojé sobre tus manos;
y siete lunas de otoño
me dieron tus ojos cándidos.
Siete serafines rojos
custodian tu seno pálido;
siete golondrinas rápidas
tus cabellos amasaron.
Damita de larga cola
toda vestida de ensueño,
entre tus tórtolas manos
se abre la flor del silencio.
Lejos de ti tu presencia
me invita a seguir amando
mi soledad —campo abierto
que me ha sido siempre amargo.
XXV
(Eclipse de una tarde gongorina).
Ricardo Peña Barrenechea
Niña del cielo por abril florido.
Jilguero tornasol —pluma nevada
con la niebla del canto en la mirada
y el fuego de la mar en el vestido.
Del campo desdeñé pájaro ido
por asir de su lengua el pez espada;
y a la espiral del aire la enconchada
prendido a la metal de su sonido.
Al claro día di la herida espalda.
Y al marfil de su cuerpo el ojo-velo;
desnudo ya en su gruta de esmeralda.
Carrousel de la dicha y los dolores.
—oh fuego de la mar, rosa del cielo—
de estirpe y manantial de ruiseñores.
(Eclipse de una tarde gongorina).
Ricardo Peña Barrenechea
Niña del cielo por abril florido.
Jilguero tornasol —pluma nevada
con la niebla del canto en la mirada
y el fuego de la mar en el vestido.
Del campo desdeñé pájaro ido
por asir de su lengua el pez espada;
y a la espiral del aire la enconchada
prendido a la metal de su sonido.
Al claro día di la herida espalda.
Y al marfil de su cuerpo el ojo-velo;
desnudo ya en su gruta de esmeralda.
Carrousel de la dicha y los dolores.
—oh fuego de la mar, rosa del cielo—
de estirpe y manantial de ruiseñores.
X
Ricardo Peña Barrenechea
Naranjas niñas del sol.
Por cielo y mar las gaviotas
a lomos de caracol.
Senos de rubias doncellas.
Brisa enana y desdos ángeles
saludan hoy las estrellas.
Tarde de otoño marino.
La luna rota en las manos,
y todo el mar en el vino.
Cielos de piel ambarina
con olor a carne virgen
y sabor de golondrina.
Ricardo Peña Barrenechea
Naranjas niñas del sol.
Por cielo y mar las gaviotas
a lomos de caracol.
Senos de rubias doncellas.
Brisa enana y desdos ángeles
saludan hoy las estrellas.
Tarde de otoño marino.
La luna rota en las manos,
y todo el mar en el vino.
Cielos de piel ambarina
con olor a carne virgen
y sabor de golondrina.
Pato con arróz
Ricardo Palma
Conocí a don Macario; era un honrado barbero que tuvo tienda pública en Malambo, allá cuando Echenique y CastiIIa nos hacían turumba a los peruanos.
Vecina a la tienda había una casita habitada por Chomba (Gerónima), consorte del barbero y su hija Manonga (Manuela), que era una chica de muy buen mirar, vista de proa, y de mucho culebreo de cintura y nalgas, vista de popa.
Don Macario, sin ser borracho habitual nunca hizo ascos a una copa de moscorrofio; y así sus amigos, como los galancetes o enamorados de la muchacha, solían ir a la casa para remojar una aceitunita. El barbero que, aunque pobre, era obsequioso para los amigos que su domicilio honraban, condenaba a muerte una gallina o a un pavo del corral y entre la madre y la hija, improvisaban una sabrosa merienda o cuchipanda.
En estas y otras, sucedió que, una noche, sorprendiera el barbero a Manonguita, que se escapaba de la casa paterna, en amor y companía de cierto mozo muy cunda.
Después de las exclamaciones, gritos y barullo del caso, dijo el padre:
--Usted se casa con la muchacha o le muelo
las costilIas con este garrote.
--No puedo casarme--contestó el mocito.
--!Cómo que no puede casarse, so canalla! --excIamó el viejo, enarboIando el leño; es decir que se proponía usted culear a Ia muchacha, así... de bóbilis, bóbilis... de cuenta de buen mozo y después. . . ahí queda el queso para que se lo coman Ios ratones? No señor, no me venga con cumbiangas, porque o se casa usted, o lo hago charquicán.
--Hombre, no sea usted súpito, don Macario, ni se suba tanto al cerezo; óigame usted, con flema, pero en secreto.
Y apartándose, un poco, padre y raptor, dijo éste, al oído, a aquél:
--Sepa usted, y no lo cuente a nadie, que no puedo casarme, porque... soy capón; pregúntele al doctor Alcarraz? si no es cierto que, hace dos años, para curarme de una purgación de garrotillo, tuvo que sacarme el huevo izquierdo, dejándome en condición de eunuco.
--¿Y entonces, para qué se la llevaba usted a mi hija?--arguyó el barbero, amainando su exaltación.
--!Hombre, maestrito! Yo me la llevaba para cocinera, porque las veces que he comido en casa de usted, me han probado que Manonga hace un arroz con pato delicioso y de chuparse los dedos.
Ricardo Palma
Conocí a don Macario; era un honrado barbero que tuvo tienda pública en Malambo, allá cuando Echenique y CastiIIa nos hacían turumba a los peruanos.
Vecina a la tienda había una casita habitada por Chomba (Gerónima), consorte del barbero y su hija Manonga (Manuela), que era una chica de muy buen mirar, vista de proa, y de mucho culebreo de cintura y nalgas, vista de popa.
Don Macario, sin ser borracho habitual nunca hizo ascos a una copa de moscorrofio; y así sus amigos, como los galancetes o enamorados de la muchacha, solían ir a la casa para remojar una aceitunita. El barbero que, aunque pobre, era obsequioso para los amigos que su domicilio honraban, condenaba a muerte una gallina o a un pavo del corral y entre la madre y la hija, improvisaban una sabrosa merienda o cuchipanda.
En estas y otras, sucedió que, una noche, sorprendiera el barbero a Manonguita, que se escapaba de la casa paterna, en amor y companía de cierto mozo muy cunda.
Después de las exclamaciones, gritos y barullo del caso, dijo el padre:
--Usted se casa con la muchacha o le muelo
las costilIas con este garrote.
--No puedo casarme--contestó el mocito.
--!Cómo que no puede casarse, so canalla! --excIamó el viejo, enarboIando el leño; es decir que se proponía usted culear a Ia muchacha, así... de bóbilis, bóbilis... de cuenta de buen mozo y después. . . ahí queda el queso para que se lo coman Ios ratones? No señor, no me venga con cumbiangas, porque o se casa usted, o lo hago charquicán.
--Hombre, no sea usted súpito, don Macario, ni se suba tanto al cerezo; óigame usted, con flema, pero en secreto.
Y apartándose, un poco, padre y raptor, dijo éste, al oído, a aquél:
--Sepa usted, y no lo cuente a nadie, que no puedo casarme, porque... soy capón; pregúntele al doctor Alcarraz? si no es cierto que, hace dos años, para curarme de una purgación de garrotillo, tuvo que sacarme el huevo izquierdo, dejándome en condición de eunuco.
--¿Y entonces, para qué se la llevaba usted a mi hija?--arguyó el barbero, amainando su exaltación.
--!Hombre, maestrito! Yo me la llevaba para cocinera, porque las veces que he comido en casa de usted, me han probado que Manonga hace un arroz con pato delicioso y de chuparse los dedos.
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